Entre líneas

Historias reales, emociones, silencios y aprendizajes, sin juicios y con respeto.


El peso de las huellas invisibles

En un día fresco del segundo trimestre del año, nació una niña: la primogénita. Dicen que los primeros hijos llegan para abrir caminos o, al menos, para sacudir estructuras. Fue una niña deseada y amada en su origen; sin embargo, en apenas unos años, aquel núcleo familiar se desintegró.

Cuando un hogar se rompe, irónicamente, quienes quedan atrapados en una guerra no buscada son los niños. En este caso, no fue la excepción. Dos padres jóvenes, con la madurez aún en proceso, iniciaron una disputa por la presencia y la ausencia, dejando a la pequeña en el centro de un conflicto que no le pertenecía.

Se podrían detallar las carencias emocionales, económicas y afectivas de su historia, pero el detalle no es lo importante ahora. Lo vital es que su niñez dejó marcas; cicatrices que hoy la traen hasta aquí, compartiendo y dejando sus dolores a la intemperie de quienes se encuentren con estas palabras.

No fue una infancia dulce. Al rememorarla, el sentimiento que predomina es el dolor. Ella creció, como crecemos todos, pero al llegar a la adultez se encontró de frente con esa niña que, por falta de amor propio, permitió lo impensable: golpes, humillaciones y palabras que quiebran el alma. ¿Cómo le explicas a tu versión adulta que merece ser tratada con respeto, si toda la vida aprendió a leer el mundo a través del dolor?

El reto más grande comenzó cuando se convirtió en madre. En ese instante, nació la pregunta constante: ¿Cómo ayudo a crecer a una persona desde el amor y el respeto si no conozco el mapa para llegar allí? Ella aún no tiene la respuesta, pero intenta dar lo mejor de sí. En esa búsqueda, se ha enfrentado a verdades incómodas y ha entendido que perdonar y perdonarse es el primer paso.

Abrir recuerdos duele; a veces el llanto solapa las palabras y el nudo en la garganta impide hablar. Pero ella ha iniciado el viaje. Es curioso: a pesar de no haber crecido rodeada de ternura, le sobra amor para dar. Y es, quizás, esa capacidad de entrega la que hoy la empuja a escribir.



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