Como ocurre en tantas familias donde el privilegio es escaso, los adultos se ausentaban jornadas enteras para sostener el hogar. En ese vacío de supervisión, los niños se adueñaban de las tardes, creando un universo propio de juegos, aprendizaje y complicidades en los pasillos del barrio.
Había un juego en particular que convocaba a los más pequeños. Se formaba una fila ordenada, similar a la del patio del colegio, donde cada uno esperaba pacientemente su turno. El premio era entrar a una vivienda sin adultos. La anfitriona, una niña apenas mayor que el resto no superaba los diez años, prometía contarle un cuento a cada uno. Ese era el único pretexto.
Nadie sabe si el relato era el mismo para todos. Ella prohibía, bajo una ley de silencio absoluto, divulgar lo que ocurría tras cerrar la puerta. Quien narra esta historia recuerda bien que el “cuento” que le tocó no era para niños. No entendía bien qué sucedía, pero las instrucciones de quitarse la ropa no encajaban en ninguna fábula conocida. Lo que seguía era una imitación de actos adultos, una invasión al cuerpo y a la inocencia que se disfrazaba de juego bajo el peso de quien lideraba la fila.
Es importante recordar que quien dirigía el encuentro también era una niña. ¿Qué ocurría en su propio hogar? ¿Qué la llevaba a reproducir esas sombras? Son preguntas que quedaron perdidas en el tiempo. No se sabe si el resto de los niños vivió lo mismo, pero para la protagonista de este relato, aquel juego fue una grieta. Abrió puertas a destiempo, despertó curiosidades confusas y sembró dudas sobre su propia identidad que la acompañarían por años.
Mucho tiempo después, la vida volvió a cruzar sus caminos. Se miraron como adultos, pero ni una sola palabra sobre aquel juego salió a la luz. Quien narra prefirió guardar el secreto en el mismo cajón de las cosas olvidadas, eligiendo creer, quizás para poder seguir adelante, que en aquel entonces solo se trataba de un juego.
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