Ella estaba creciendo; no tenía más de nueve años cuando se conocieron. Si bien entendía que no compartían la misma sangre, la pequeña creyó que sería amada, cuidada y comprendida. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los gritos se asomaran, acompañados de pellizcos en la espalda y reproches constantes por absolutamente todo. Era evidente: la mujer no la quería. No era su hija y, bajo su lógica cruel, no tenía por qué soportarla.
Los meses pasaron y lo que parecía un roce pasajero se convirtió en el pan de cada día: un manojo de gritos y golpes que se intensificaban al ritmo del crecimiento de la niña. Era un maltrato que no se quedaba en la piel, sino que calaba en lo psicológico. ¿Qué tanto despreciaba esa mujer de sí misma para ensañarse así con una criatura? Se desconoce. ¿Qué tanto daño le habrían hecho a ella en el pasado? No se comprende. Lo único cierto era que “amor” era una palabra que ella desconocía por completo.
Al quedarse solas, la mujer se las ingeniaba para inventar castigos nuevos. Parecía deleitarse no solo en la disciplina, sino en intensificar el dolor. Incluso lograba que el padre de la niña se sumara al juego del castigo, todo ante la mirada atónita y silenciosa del resto de la familia; de esos silencios que no se olvidan.
Aquella mujer poseía una maldad pura. Resultaba irónico su talento para la actuación: en la intimidad de lo que debería ser un hogar, era una bruja. Pero no de esas de nariz puntiaguda, sino de las que se burlan del físico de una niña, las que castigan con varas de guayabo y sumergen cabezas en el inodoro. Una mujer capaz de enviarla al colegio sin desayuno, de prohibirle el ventilador en un calor de 38 °C o de obligarla a sostener su propia ropa interior usada en la boca durante horas.
|Nadie podría llamarla “buena persona”, pero cada miércoles, viernes y domingo, ahí estaba ella: sentada en la primera silla de la iglesia. Cantaba, lloraba a cántaros y simulaba ser la mejor madrastra del mundo.
Al final, la vida enseña que hay quienes visten de negro y calaveras pero desbordan amor, mientras que otras, de falda larga y Biblia en mano, pueden ser el mismísimo infierno.
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