Entre líneas

Historias reales, emociones, silencios y aprendizajes, sin juicios y con respeto.


Silencios que enferman : cuando el cuerpo grita lo que la boca calla.

Todo comenzó con una infidelidad. Una mujer, aferrada a sus creencias y a las promesas de un hombre con un hogar ya establecido, dio paso a una nueva vida. Pero, para desgracia de esa existencia, la niña no fue deseada; fue, más bien, el fruto de lo que algunos llamarían un “pecado”. Al nacer sin el cobijo del deseo, a la madre se le dificultó entregar amor, una carencia que se manifestó desde los primeros meses en la falta de un alimento constante y vital. Los años pasaron y, aunque la madre siempre estuvo presente como proveedora, su figura carecía de protección, paciencia y afecto.

El hogar quedó conformado por la madre, un hombre al que llamaba “papá” y ella. A los seis años, la sombra entró en su habitación: los tocamientos indebidos comenzaron mientras ella dormía. El horror fue en ascenso y, a los ocho años, la niña conoció el dolor de la violación.

Buscó auxilio en su cuidadora, en su supuesta protectora, pero ella falló: no le creyó. Durante dos largos años, el silencio fue su única compañía. ¿Por qué no habló? Porque quien debía protegerla la calló con la indiferencia, y porque aquel hombre la mantuvo sometida bajo amenazas. A una edad donde apenas se descubre el mundo, ella ya había normalizado el infierno en casa.

Sin embargo, a los diez años, la educación le entregó una herramienta: entendió que aquello era un delito. Al amenazar con contárselo a sus hermanas mayores, el miedo cambió de bando y el abuso cesó. La vida no tardó en cobrar la cuenta; dos años después, el hombre murió, en un trágico accidente automovilístico. Ella decidió callar para honrar la memoria de quien creía su padre, pero las heridas no dejan de sangrar solo porque el agresor ya no esté. Se convirtió en una mujer adulta cargada de dolencias no resueltas, permitiendo que otros vulneraran su espacio porque solo sabía hacer tres cosas: callar, permitir y llorar.

El destino, o quizás el karma, alcanzó a la madre a los 64 años con el Alzheimer. Como dice la escritora Louise Hay en sus textos, esta enfermedad puede ser el refugio de quien necesita inconscientemente “olvidar” situaciones dolorosas. Para entonces, la niña ahora de 27 años se convirtió en la cuidadora de su madre y, al mismo tiempo, en madre de una hermosa niña.

El miedo a que su propia hija viviera lo que ella intentaba sanar la impulsó a buscar terapia. Su cuerpo ya no aguantaba más: una tiroiditis comenzó a asfixiarla, reflejo psicosomático de todo lo que había reprimido. A los 31 años, en una catarsis de llanto y dolor, decidió hablar con su familia. Fue entonces cuando descubrió una verdad guardada: aquel hombre nunca fue su padre biológico; había aparecido en su vida cuando ella tenía tres años.

Sintió un alivio amargo. Su sangre no estaba manchada por él, pero la herida del padre biológico se abrió de otra forma, él fue el cobarde que no la eligió, dejándola a merced de un extraño.

Hoy, el camino de sanación ha transformado su vida. Ya no hay a quién reclamar, pues el padre biológico también falleció, pero ya no hace falta. Ella decidió romper el ciclo. Ha criado a una mujercita desde el amor puro y acompaña la vejez de su madre con compasión. Ya no busca responsables ni se siente víctima; ahora conoce su valor, ha recuperado su lugar y ha levantado la voz, no solo por ella, sino por todas las que aún guardan silencio.



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